Entrenadores de fútbol base sin formación en niños
Sábado, nueve de la mañana, campo de tierra. Un niño de nueve años falla un pase y el entrenador grita desde la banda: «¡Así no vamos a ningún lado!» Lo sienta en el banquillo el resto del partido. A su lado, otro niño mira al suelo, esperando que no le toque a él. Los padres, en la grada, se miran entre ellos pero no dicen nada.
Esto no pasa en un club disfuncional ni con un entrenador especialmente duro. Pasa cada fin de semana, en cientos de campos, con entrenadores que quieren lo mejor para esos niños y que, simplemente, nunca han recibido ni una hora de formación sobre cómo tratar con ellos.
Acompañando a familias y a equipos educativos durante años, he visto el mismo patrón repetirse fuera del aula: se forma muchísimo en la materia (fútbol, baloncesto, natación) y casi nada en la relación con la infancia. Y la relación con la infancia es, exactamente, donde se decide si ese niño va a seguir jugando el año que viene.
Esto no es un ataque a los entrenadores de base. La mayoría dedica su sábado gratis o casi gratis porque quiere a esos niños. El problema no es su intención. Es que nadie les ha dado las herramientas que sí les exigimos a un profesor.
Se certifica el fútbol, no la relación con el niño
Para entrenar a un equipo de categorías inferiores en España, el requisito casi siempre es un curso federativo de entrenador: táctica, preparación física, reglamento. Lo que casi nunca incluye es formación específica en desarrollo infantil, gestión de grupo o manejo de conflictos.
Una investigación publicada en Retos sobre las necesidades formativas de los entrenadores de fútbol base en España lo confirma con datos: los entrenadores jóvenes llegan con una formación inicial mínima en lo educativo, y ese nivel de formación afecta de forma directa a cómo le hablan al jugador. Los propios entrenadores, cuando se les pregunta, piden explícitamente más formación en comunicación, gestión de grupos y competencias socioemocionales como la empatía.
El sistema certifica lo que se puede medir con un examen: si sabes dibujar una jugada a balón parado. No certifica si sabes qué hacer cuando un niño de ocho años se echa a llorar en mitad de un partido, o cuando dos jugadores se pelean por un balón y hay que separarlos sin humillar a ninguno de los dos.
Un entrenador es autoridad más horas de las que pensamos
Entre entrenamientos y partidos, un niño que juega en un equipo de base pasa con su entrenador entre tres y cinco horas a la semana. En muchas familias, eso es más tiempo del que ese niño pasa a solas con algún profesor concreto de su colegio.
Y es una autoridad distinta a la del colegio: en el campo, el entrenador decide quién juega y quién se queda en el banquillo. Esa capacidad de incluir o excluir en tiempo real le da un peso emocional enorme sobre el niño, para bien y para mal. Un elogio del entrenador puede hacer que un niño se sienta capaz durante toda la semana. Una comparación delante del equipo puede hacer que deje de querer ir al entrenamiento.
Le damos a esa figura una cantidad de influencia que, en cualquier otro contexto (un profesor, un monitor de comedor, un cuidador), exigiríamos que viniera acompañada de formación específica sobre cómo tratar con niños. En el deporte de base, no se lo exigimos casi nunca.
Sin formación, el recurso es el que se aprendió de niño
Cuando a un adulto no se le ha enseñado otra cosa, recurre a lo que vivió: gritar, comparar en voz alta, castigar con banquillo. No porque sea mala persona, sino porque es el único repertorio que tiene a mano cuando el partido se le complica y el marcador aprieta.
Hay investigación que explica por qué este recurso sale tan rápido y por qué, además, es contraproducente. Los estudios sobre clima motivacional en el deporte infantil distinguen entre un entrenador que orienta hacia la tarea (mejorar, esforzarse, aprender del error) y uno que orienta hacia el ego (ganar, compararse, quedar por encima del otro). Las conductas coercitivas —gritar, castigar, comparar— se relacionan con el segundo clima, y ese clima se asocia con frustración de las necesidades psicológicas básicas del niño y con menos motivación para seguir.
Una revisión sistemática publicada en 2024 en International Journal of Sports Science & Coaching analizó programas de formación centrados en la relación entrenador-deportista. El resultado: cuando el entrenador recibe formación específica en esa relación, el clima del equipo se vuelve más orientado a la tarea y la ansiedad de los deportistas jóvenes baja de forma medible. No es un matiz pequeño. Es la diferencia entre un niño que entrena nervioso por no fallar y uno que entrena para mejorar.
La falsa creencia es pensar que «si sabe de fútbol, sabe tratar con niños». Son dos competencias completamente distintas, y solo exigimos certificación en una de las dos.
El coste no aparece en ninguna hoja de incidencias
Cuando un niño deja de ir a entrenar, rara vez hay una queja formal. No hay un parte, no hay un email al club. Simplemente, un día, deja de querer ir. Los padres suelen interpretarlo como que «ya no le gusta» o que «ha perdido el interés», y a veces es verdad. Pero muchas veces lo que ha pasado es más concreto: ese niño ha acumulado semanas sintiéndose comparado, señalado o castigado, y ha decidido, con la lógica aplastante de un niño de nueve años, que no merece la pena seguir.
Ese coste no sale en ninguna estadística del club. Sale en la plaza que se queda vacía la temporada siguiente, y en un niño que asocia el deporte con la sensación de no ser suficiente, en vez de con la sensación de mejorar jugando.
La pregunta que casi nadie hace al apuntar a su hijo
Cuando apuntamos a un niño a un equipo, preguntamos por el precio, por los horarios, por si hay buen ambiente entre las familias. Casi nunca preguntamos qué formación tiene el entrenador para tratar con niños, más allá de su currículum deportivo. Y es una pregunta tan razonable como preguntar por la titulación de un profesor.
No hace falta esperar a que un club cambie su programa de formación para empezar a mirarlo distinto. Basta con una pregunta antes de firmar la inscripción: «¿Qué formación tiene el entrenador, más allá de la deportiva, para tratar con niños?» La respuesta a esa pregunta dice más sobre si tu hijo va a seguir jugando dentro de dos años que cualquier palmarés del club.
Anayda y Sergi