Hay un niño en cada grupo que decide, sin que nadie le haya dado el cargo, quién se sienta en la mesa buena y quién se queda fuera. Se ríe de otro y toda la clase se ríe con él, aunque un minuto antes nadie tuviera ganas de reírse de nada. Y cuando hay una gamberrada por hacer, rara vez la hace él: la organiza, la reparte entre dos o tres que le siguen, y él sale limpio. Al final del día el nombre que más se repite en la sala de profesores es el suyo, siempre en la misma frase: «¿qué hacemos con este?».
Esto lo he visto cada semana, con caras distintas y el mismo patrón exacto. Y durante años la respuesta fácil era la etiqueta: malote, cabecilla, el que hay que vigilar. Pero no es solo mi lectura de campo: hay una teoría entera, con treinta años de estudios detrás, que dice que ese niño no tiene un problema de conducta. Tiene una habilidad social muy por encima de la media, y la está usando con la estrategia equivocada.
La pregunta que de verdad merece la pena no es qué hacer con él. Es qué clase de persona va a decidir ser con eso que ya sabe hacer.
Antes de tacharlo de malote, mira lo que ya sabe hacer
Para conseguir que media clase le siga en algo, para repartir bien quién carga con la culpa y quién queda a salvo, hace falta leer el ambiente social del grupo con mucha precisión. Saber quién le tiene miedo a quién, quién quiere caerle bien a quién, dónde está el punto flaco de cada uno. Eso no es un déficit. Es competencia social alta.
La psicóloga Patricia Hawley lleva desde 1999 estudiando esto con un marco que llama teoría del control de recursos: la conducta prosocial (ayudar, cooperar, hacer favores) y la conducta coercitiva (intimidar, manipular, controlar) no son dos mundos opuestos. Son dos estrategias distintas para conseguir exactamente lo mismo, que es influencia y estatus dentro del grupo. Y los niños que dominan las dos a la vez —los que Hawley llama controladores biestratégicos— no son los peor adaptados del aula. Al contrario: los profesores los describen como los que mejor controlan los recursos sociales, y están muy por encima de la media en aceptación entre sus compañeros.
Dicho de otra forma: este niño no necesita que le enseñes nada nuevo. Ya sabe influir, ya sabe liderar, ya sabe leer a un grupo. Lo único que hay que cambiar es hacia dónde apunta con eso.
Por qué la etiqueta lo empeora, no lo arregla
Cuando el único papel disponible para un niño es el de villano de la clase, lo interpreta bien. No porque sea malo, sino porque es el papel que le hemos dejado libre y es justo el que sabe hacer mejor. Un estudio publicado en Child Development por Hartl y su equipo (2020) siguió a adolescentes populares biestratégicos y encontró que estaban, en general, bien adaptados: sus compañeros los veían como disruptivos y a veces enfadados, pero por lo demás funcionaban bien. El problema no estaba en el niño. Estaba en que nadie le había ofrecido un uso mejor de lo que ya tenía.
Y hay un dato reciente que confirma lo mismo desde otro ángulo. Un estudio de 2026 publicado en Journal of Research on Adolescence, con más de 6.300 adolescentes analizados por Košir y su equipo, volvió a encontrar el mismo perfil: niños y niñas que combinan conducta agresiva y prosocial a la vez, y que no encajan en la casilla de «problemático» ni en la de «buen chico». Encajan en una tercera casilla que casi ningún colegio tiene prevista, y que es exactamente donde vive este niño.
Etiquetarlo de malote no es solo injusto. Es ineficaz: le confirma que ese es el único papel que le queda, y encima desperdicia lo más valioso que tiene este perfil, que es su capacidad de arrastrar a todo el grupo con él. Ningún otro niño de la clase tiene ese efecto multiplicador. Ni para bien ni para mal.
La metáfora que cambia la conversación: poderes, no malote
Con este tipo de niño siempre he hablado claro, y siempre desde la misma metáfora: la de la persona que tiene poderes. En su caso, los poderes son de influencia, de liderazgo. Y la conversación va más o menos así:
«Tú has de decidir qué clase de persona quieres ser: el que se responsabiliza de sus poderes y es el superhéroe de la película, o el que los aprovecha para ser el supervillano.»
Y después llegan las consecuencias de cada camino, explicadas sin dramatismo, como quien explica las reglas de un juego. Con niños de comedor, la conversación solía ir así: «Hasta tal fecha vas a venir aquí a comer y vamos a estar juntos todos los mediodías. Mi intención es que seas el superhéroe de la película, porque sé que sabes hacerlo y que es un papel que podrías asumir perfectamente. Yo te he visto hacerlo, por ejemplo cuando… Pero la decisión al final será tuya. Tú decides. Y si necesitas ayuda, aquí estoy.»
Esto funciona por cuatro motivos muy concretos, y son transferibles a cualquier adulto que lo quiera usar:
Nombra la capacidad antes que la conducta. «Tienes poderes» no obliga a nadie a defenderse. Es distinto a empezar por «te portas mal», que pone al niño en modo defensa antes de que la conversación empiece siquiera.
Da dos papeles concretos, no una prohibición. Prohibir deja un hueco vacío que el niño tiene que rellenar solo, y suele rellenarlo con lo de siempre. Ofrecer un papel nuevo le da algo que hacer con la energía que ya tiene.
Aporta prueba real. Y esto es lo que más cuesta, porque exige que el adulto se haya fijado antes en algo bueno que hizo ese niño, y se lo guarde para el momento oportuno.
Deja la decisión en sus manos. No le quita el poder, que es justo lo que él defendería con uñas y dientes si lo intentaras. Se lo deja intacto y le pide que decida qué hacer con él.
«Yo te he visto hacerlo»: por qué esa frase no es un truco
Lo que hace creíble esta frase no es el tono con el que se dice. Es que es literalmente cierta y medible. La propia teoría de Hawley lo confirma: los controladores biestratégicos no son solo coercitivos, tienen también un repertorio prosocial por encima de la media. Han ayudado, han cooperado, han sido generosos con alguien alguna vez, y probablemente esta misma semana. El adulto solo tiene que haberlo visto y guardarlo para el momento en que haga falta.
Por eso «yo te he visto hacerlo» no es una técnica motivacional de manual. Es enseñarle al niño una prueba que él mismo no puede rebatir, porque es verdad y él lo sabe. Y una prueba que no se puede discutir vale mucho más que cualquier sermón sobre lo que «debería» hacer.
Lo que dice la investigación más reciente sobre este perfil
Hay un hallazgo que conecta directamente con lo que de verdad hace falta trabajar con este niño, y no es «quitarle influencia». Investigaciones sobre liderazgo funcional en la infancia apuntan a que lo que distingue a un controlador biestratégico que acaba liderando bien de uno que acaba liderando mal no es cuánta influencia tiene, sino su nivel de autorregulación —lo que en la literatura se llama effortful control: la capacidad de frenar un impulso, pensar antes de actuar y elegir la respuesta en vez de soltarla sin más—. Los que tienen más autorregulación consiguen convertir esa influencia en estatus real y en mejor ajuste; los que tienen menos, la convierten en el tipo de conducta que acaba en la sala de profesores.
Esto cambia completamente la pregunta de fondo. No es «cómo le quito el liderazgo». Es «cómo le doy más autorregulación para que ese liderazgo funcione a su favor». Y ahí es donde un sermón se queda corto: la autorregulación no se explica, se entrena. Hace falta un sitio donde el niño tome decisiones de verdad, en tiempo real, con consecuencias que se noten, y donde equivocarse no cueste una bronca sino una vuelta a intentarlo.
Por qué el juego de rol es el sitio perfecto para practicar esto
Aquí está el motivo por el que este tema nos importa tanto en Rolin: la metáfora del superhéroe y el supervillano no es solo una forma bonita de hablarle a un niño. Es literalmente lo que pasa dentro de una partida de rol. En la plataforma de Rolin, cada niño elige un personaje con unos poderes concretos, y esos poderes se pueden usar para ayudar al grupo o para aprovecharse de él. La diferencia es que, dentro de la ficción, las consecuencias llegan dentro de la propia historia —el grupo confía menos en tu personaje, o una misión sale mal, o un aliado deja de acompañarte— y después un adulto formado nombra lo que ha pasado, exactamente igual que en la conversación del superhéroe.
Y hay algo que en la vida real casi nunca ocurre y que en el juego sí: en la vida real, el rol de líder normalmente se gana compitiendo, empujando a otros para quedárselo. En una partida bien llevada, el rol se reparte. El niño que en clase acapara la influencia porque no conoce otra forma de conseguirla, en el juego descubre que también puede tenerla cediendo turno, cooperando, cuidando de un compañero de equipo más débil. Practica las dos estrategias en un espacio seguro, con un adulto al lado que le devuelve, sesión tras sesión, la misma frase de fondo: «te he visto hacerlo bien, y puedes volver a hacerlo».
No hace falta esperar a que ese niño cause un problema grande para empezar. Cuanto antes se le ofrezca un papel distinto al de villano, antes deja de necesitar interpretarlo.
Lo que puedes hacer esta semana
No necesitas un método completo para empezar. Necesitas fijarte una vez en algo bueno que ese niño hizo, guardarlo, y decírselo la próxima vez que la conversación se ponga tensa: no «por qué te portas así», sino «yo te he visto hacerlo bien, y esto no es lo mejor que tienes». Es una frase pequeña. Pero es el primer ladrillo de la metáfora entera, y es gratis.
Si quieres ir más allá de la frase suelta y darle a ese niño un espacio real donde practicar el liderazgo bien dirigido, semana tras semana, con consecuencias que se sienten de verdad, puedes conocer cómo trabajamos esto en la guía gratuita de metodorolin.com.
— Anayda y Sergi